21 abril, 2017

La Hoya-Cordal de Albelda (8 Ciclistas)


16 de Abril de 2017 
Distancia: 54km
Desnivel acumulado: 923mt
IBPindex: 79


Crónica por el Grandísimo Fer(vantes)



 Clavijo, La Hoya, Cordal  y una coplilla.
Ana, Victor, Jesús, Igor, Marcelo, Dieguito, Eduardo y  Fer



Un dicho popular español dice así: “En el pecado se lleva la penitencia”. Mi pecado y gordo fue no ir a la Ruta de la Muerte. Allí, hubiese tenido la oportunidad de disfrutar de unos paisajes únicos y  de visitar a viejos amigos: los muros derruidos del monasterio de La Granja, las cruces del cementerio de Matute, Cervancos, la Calderona, el Haya la N , el Muélago, los caparrones……. y seguramente hubiese recibido el honor de escribir una de las crónicas más agradecidas de nuestro calendario. Mi penitencia, igual de gorda que el pecado, es la de tener que redactar la  del domingo, recibiendo el encargo de un rencoroso y vengativo Mulá de Pakistán, herido en su orgullo por no haber asistido a su querida ruta del Viernes Santo, por los montes de  Anguiano y Matute.
El domingo fue un recorrido de transición, lleno de ausencias, sacado de un turbante raído y descolorido, del que a modo de chistera, últimamente salen recorridos sin sentido, unos hechos al revés y otros zurcidos con mil atrezos, junto a sendas inventadas, que después de hacerlas, como la Cueva de Alí Babá, desaparecen a la vista de los hombres y es inútil volver a buscarlas.
Por  Alberite subimos a La Unión, hoy no cogemos el habitual camino que arranca a la izquierda desde la finca de olivos, sino el de más adelante. En la fuente del pueblo nos abandona Marcelo, que poco a poco tiene que ir cogiendo forma, para que podamos seguir disfrutando de sus “cosas”: una rica prosa, si es hablada, o de sus Marceladas, si son representadas.
Ascendemos por la senda hasta las antenas, Dieguito tira a tope, Jesús le sigue, Igor detrás también aprieta y yo… hago lo que puedo. Mientras cogemos aire en este privilegiado mirador, contemplamos abajo el Valle del Ebro y a nuestra misma altura, el Castillo de Clavijo. Tal vez sean estas murallas, nuestro destino más socorrido y su imagen la más reflejada en nuestra retina, pero con nieve, entre brumas, o seco por el sol, su enriscada belleza no deja nunca de sorprendernos.
Hoy lo veo más viejo que nunca, sus almenas, roídas y desgastadas se me antojan la risotada de un anciano, o más bien, la mueca  de una calavera boca arriba, que aunque parezca querer reírse, hace ya muchos años que dejó de vivir.
Cuando quiero darme cuenta, ya se han ido todos y los veo abajo cruzando la carretera hacia el pueblo. Aquí echo de menos a Jero, que se hubiese quedado rezagado conmigo. ¡Una foto, una foto, sacarme una foto! y  con su natural e inimitable postureo, le hubiésemos tenido que sacar su foto número doscientos cincuenta  con el castillo de Clavijo como paisaje de fondo.
Por el cementerio cogemos la soleada pista de Trevijano,  que en progresiva ascensión se va tapando con la protectora sombra de los pinos. A la derecha arranca el empinado y traicionero camino que nos llevará a La Hoya. Sus duras y resecas rampas son como la radiografía que un médico hace a su paciente, aparentemente sano por fuera, vestido y perfumado por el tomillo y el romero, pero  enfermo por dentro, aquejado del peor mal que pueden tener nuestros montes, la falta de agua.
Vitín inicia la ascensión, tras su rueda se situa Diego y yo detrás. Me río para mis adentros, con una cubierta trasera que hace tiempo debía haber sido cambiada y con exceso de presión, va a resultar interesante aguantar el ritmo cochinero del Boss, única persona en La Rioja que consigue subir cuestas  en “parao”. Nos arrimamos todo lo que podemos a la parte izquierda, buscando el contacto con la floreciente roca, superando los numerosos resaltes del terreno y huyendo de la polvorienta y blanquecina tierra, que nos provocaría una inmediata pérdida de tracción. Cuando la última rampa ya está superada y el terreno se vuelve más amable, me permito levantar la vista para relajarme y contemplar las copas de los pinos, me despisto y echo un leve y fugaz pie a tierra. El cotilla de Dieguito, vieja del visillo suplente, se da cuenta, se ríe y me dice: echas el pie en lo más fácil… y ahora voy yo y lo “casco”.
En lo alto del cogote, mientras unos comen algo y otros practican puntería con los nidos de la procesionaria (inocentes e indefensas  criaturitas), yo aprovecho para contemplar desde esta privilegiada atalaya, mi finca de recreo, herencia de familia, que incluyendo los términos de  Viguera, Peña Bajenza y las laderas soleadas de Moncalvillo, se desliza por el valle del Ebro, pasa por la Villa de Logroño y llega hasta Calahorra, donde empieza la finca del Obispo. Por cierto, tengo que decirle al nuevo guarda – un tal Tate - que me tiene que tapiar el Pico del Águila. Cuatro  pichaflojas en bicicleta, no se han enterado de que es un coto de caza y me lo están dejando sin perdices de tanto subir y bajar.
El sol nos acaricia ahora con fuerza y algunos nos quedaríamos aquí un ratito más, como lagartijas adormecidas encima de una piedra, dejándonos  engullir por el suave sopor del -no hacer nada- , capaz de ralentizar las manecillas del reloj, de anular la señal de los GPs y de lanzar a un agujero negro todos los móviles del universo. Aquí también echo de menos a Israel, hombre  sin prisas, disfrutón de la vida, pero al que se le estará cambiando el color con solo leer estas divagaciones mías.
Iniciamos con pereza el descenso, unos aprietan  más el freno, otros un poco menos, pero todos logramos descender sin percances por esta empinada y resbaladiza ladera. Hacemos ahora el Cordal, pero en dirección contraria a la que normalmente lo hacemos y llegamos a la portilla, en la que hoy no paramos. Seguimos descendiendo y en una de las bajadas más pronunciadas y de peor terreno, cuando más pegado estaba a la rueda de Dieguito, por lo que os podéis imaginar que no íbamos despacio, una zarza traicionera le da en la mano al mocete, le rompe su guante nuevo y lo zarandea, me revota a mi mano izquierda ¡imposible esquivarla! me agarra la muñeca como si fuese el tentáculo de un pulpo ¡me desequilibra!, doy dos bandazos, la velocidad que llevo me ayuda a no caerme, pero me deja la piel ensangrentada y el corazón encogido. Cuando nos reagrupamos, alguien comenta que también le había enganchado - ¡más cansa y peligrosa la zarza que la mano de un novio!-.    
El regreso a Logroño lo hacemos por los Mogrones, atravesamos el Parque del Ebro por la senda junto al río y terminamos almorzando en La Terraza. Cuando nos despedimos me doy cuenta que no hemos tomado ceregumil, algo que solo pasa cada mil almuerzos, mal fario que solo puede propiciar desventuras y desgracias a esta cuadrilla. Ya os decía yo, que esta ruta era de puro compromiso, así que os pido disculpas por ésta crónica si no está a la altura de vuestras expectativas y por intentar arreglarla un poco, os dejo esta humilde trova:




No piensen vuestras Mercedes
que me averguenzo de ustedes
                                                pero ser sinceros los ausentes
                                                si no es de buen penitente
aguantar la compañía presente.

  Un Cóndor desplumado
           Junto  un zagal descerebrado.
                                                        Un  policía engominolado
                  y un carretero osco y despechado.

Un Vasco sin chapela
                                                        ¡a mí me la pela!
                               pero entender que ya es mucho aguante
     tener una mujer al volante.

                                                       Y si esto no fuese poco
         he de soportar con gran sofoco
                                                     a un Visir venido a más
en ausencia de su Ayatolá.

Hasta la próxima amigos.

Fer Alcalá


6 comentarios:

vitinbtt dijo...

Me quedo mudo cada vez que Fernando escribe en el blog, a esta crónica no se le pueden poner fotos ya que estropearía la grandísima redacción de este fenómeno; mira que anda en bici como el mejor, es un tio que no puede ser mejor persona ( sin duda es lo mas importante), pero leer lo que nos escribe no tiene parangón,esta vez, además con copla incluida, solamente por sus crónicas merece la pena este espacio que tenemos en la red."GRANDE FER".
Poco puedo decir de la ruta despues de leer a Fer.
Uno menos para completar los 4 días de pasión.

Luis Martínez dijo...

Muy buena crónica, Fer! Veo que tú también tienes un palmero.
Lo que decía, cada uno tiene su Rey Mago preferido

santiago dijo...

Joder Fer, que barbaridad. Me da a hasta apuro escribir un comentario después de la obra maestra que has creado,y bien digo, crear. Enfrentarse a un papel en blanco y parir esa obra esta al alcance de muy pocas personas. Enhorabuena Fer.

Ana Calleja dijo...

Impresionante crónica Fer, imposible leerla sin que se te pongan los pelos de punta. Como bien dice Víctor, grande en bici, grande como amigo y gigante como escritor. Enhorabuena compañero!!!

israel ogrobis dijo...

Gran crónica Fer, la sencillez de la ruta te ha permitido lucir tu prosa como nunca, tremendo.
Gracias por acordarte de los ausentes.

TOÑO Pleitos dijo...

Fernando, la crónica magnífica, en el nivel de excelencia al que nos gratamente acostumbrados. Como dice David; eres un poeta. Tus textos siempre destilan un lirismo poco habitual en una sede tan pedestre como esta.
Es díficil ponerte un pero, pero yo te lo voy a poner, sino dejaría de ser el tocapelotas oficial del grupo; la crónica me deja un cierto regusto de tristeza, de ligera amargura (como la de un almuerzo sin ceregumil), no sé si por tu involuntaria ausencia en la ruta de la muerte que te privó de visitar tus queridos parajes de Matute y Anguiano. Por eso me ha gustado mucho y te felicito por haber levantado el tono general y haberlo dejado en todo lo alto con tu coplilla final.
Un aparte para Marcelo, a ver si vas cogiendo forma (o perdiendo la forma tan esférica que has adoptado ultimamente.