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22 septiembre, 2015

Ribafrecha-Bucesta-Cenzano (7 Ciclistas)

13 de Septiembre del 2015
Distancia: 73km
Desnivel acumulado: 1347mt
IBPindex: 115
Track enWikiloc
Crónica por Fer
“Bucesta, la aldea olvidada”
Otra vez llego el último a la gasolinera pero con la excusita ya preparada: He tenido que esperar a que abriesen el horno para comprarme esta exquisita ensaimada recién hecha. No me dejan comérmela tranquilo, yo en venganza mi les ofrezco, me amenazan con cobrar un euro a partir de ahora al que llegue tarde, yo no llego tarde - les rebato - sólo llego el último. ¡ Mierda de grupo!, que hagan como en mi empresa, que pagan un plus mensual por puntualidad. ¡Veintisiete años llevo sin perderlo.!
Vamos por Alberite  a Ribafrecha, cogemos  la carretera a Ventas Blancas y enseguida atajamos por unas  empinadas rampas mal asentadas. Dos minutos de conducción técnica y salimos otra vez a la carretera, para rápidamente coger el primer camino que sale a nuestra derecha. El firme no es malo y  me permite ir fijándome en los numerosos y ya resignados almendros, que preñados de sus duros frutos, se preparan para recibir en agradecimiento por ellos, unos cuantos varazos.
También las viñas por estos lares parecen  recelosas de dar sus frutos, y son aquí más pequeñas y achaparradas que en la Rioja alta. ¡Qué se jodan! y ¡ que agachen los riñones! parecen estar diciendo.
Este camino nos enlaza con la pista que sube hasta Cenzano,  la que llamamos de Los almendros, y que normalmente hacemos de bajada. En esta ruta nos toca subirla, una pequeña diferencia sin apenas importancia para Santi y Pepe, que se debieron perder la clase en la que explicaron la diferencia entre subir y bajar. Se emparejan cual biga romana, o para los que no hayan visto muchas películas de romanos, como una yunta de bueyes, que con su ritmo persistente y acompasado hacen que la subida se haga más larga y pesada que la infancia de Heidi. Menos mal que me he comido toda la ensaimada yo solito - pienso mientras me río para mis adentros-.
Poco antes de llegar a Cenzano,  entramos a la izquierda en una pista un poco más estrecha y peor conservada, que nos va trasladando a otro valle más angosto y mucho más desolado. Los pinos de repoblación dan paso aquí a las jaras, cuyo perfume embriagador ya no nos abandonará. Atrás divisamos Santa Cecilia, abajo el río de Santa Engracia, en su otra orilla unas laderas rocosas terriblemente empinadas y ralas de vegetación separan esta angosta cuenca de la del río San Martín. En esta ladera, divisamos una sinuosa y marcada senda, que aprovechando una zona menos escarpada asciende a la línea de cumbres. Le decimos a Vitín que la investigue en sus lunes, martes, miércoles, jueves o viernes “endureros” , ahora que no sale entre semana con la cuadrilla. -Como diría el mismo-  ¡Qué pena!
Paramos en una pequeña fuente, cuyo agonizante hilo de agua nos hace formar en fila para llenar los bidones ya vacíos. Una bañera, de las de bañarse de toda la vida, pero sin alicatar, hace las funciones de pilón. Si hubiese estado aquí alguna de nuestras madres no nos dejan beber sin pasarle antes el estropajo.
Un aire limpio y frío nos viene a recibir ahora, e inesperadamente nos encontramos con Bucesta y con sus pequeñas casas de mentira acunadas en una también pequeña ladera del monte. Un monte que aquí parece hacerse también pequeño a nuestra vista, pues  estamos tan metidos dentro, que solo vemos el regazo en el que las adormece. De repente, por una de sus empinadas calles, vemos bajar un tropel de chiquillos de todas las edades, los más pequeños  llevan los mocos colgando, como si los continuos juegos  no les dejase tiempo para quitárselos, algunos van descalzos, otro se ha dejado una de las alpargatas  por la cuesta, la mayoría en pantalón corto y protegidas las rodillas por una gruesa capa de roña, que dan ganas de sacar otra vez el estropajo. Sin parar de hablar ni de moverse nos rodean, y con los ojos bien abiertos tocan las bicis, se hacen gestos y muecas entre ellos, señalan con admiración el jabalí de nuestra espalda…  Dos mozas que tienden la ropa nos miran sin parar de reírse,  un receloso mozo  pone con calculada parsimonia los aperos a un mulo, sin quitarnos la vista de encima. Tal vez todo esto hubiese ocurrido de haber recalado en esta pequeña aldea hace cuarenta años, pero la realidad de este domingo es que el silencio y la soledad más absoluta invade y oprime este lugar. Las casas y calles mantienen desde hace muchos años una feroz batalla con las zarzas y las hiedras que las ahogan, pero que con sus fuertes abrazos  parecen también ser el único sustento que las mantiene en pie. Los tejados hechos de losas, las puertas de madera toscamente tallada y las  ventanas diminutas para no dejar pasar el frío del invierno me trasladan a los  duros tiempos que les tocó vivir a sus pobladores, que aislados del mundo no hubiesen entendido como una cuadrilla entera, con todos sus miembros ya entrados en años y aparentemente en su sano juicio,  pueden permitirse hacer tamaños esfuerzos sin ninguna razón ni entendimiento.
Nos hacemos la foto de grupo debajo de un endrino con unos frutos espectacularmente grandes y seguimos el camino que por la parte baja del pueblo comienza ahora una dura ascensión. Un frondoso bosque de robles invade esta parte alta del monte y  no nos abandona hasta llegar a una bonita y llana cumbre.  Santi nos dice que en la subida le han salido ciervos, corzos, jabalís… no nos queda otro remedio que creerle, pero en un juicio, ni el más prestigioso y afamado abogado  Toño “Pleitos” hubiese podido hacer nada en su defensa, al no poder presentar ningún testigo.
Después de reagruparnos y  cuando vamos por el “que”, de la frase “¡que bonito!  Ya estamos tirando para abajo en busca otra vez del valle de Cenzano, pero por otro sitio distinto al que hemos venido. Aparecemos cerca de la dolina de la Covaza, accedemos a la  pista que comunica Cenzano con Soto y cogemos un ramal que sale ascendente  hacia el norte. A ojo pueden ser unos 700 metros  de un empinado camino, sin curvas, que va de menos a más y que va dejando nuestras fuerzas de más a menos, Un último esfuerzo  nos hace superar a duras penas la rampa final de piedrilla muy suelta que nos eleva a un  espléndido mirador situado en lo alto de la llamada muralla de Cenzano, lugar privilegiado para divisar los arranques  del valle del  Leza y un majestuoso y poblado Valle del Ebro.
Santi, “el eléctrico”, me mira , y esta vez ni nos molestamos en decir ¡que bonito!, pues otra vez  nos pillan desprevenidos y volvemos a ser los últimos en la arrancada, mientras los demás ya se han lanzado como posesos por la pista. Poderse se puede bajar bastante rápido, pero….  ¿se debe?... A mitad del descenso y pasado un tramo de sueltas y afiladas piedras, nos encontramos con la respuesta a tan difícil pregunta; dos integrantes del grupo intentan a base de espuma y aire arreglar una cubierta rajada, a la vez que mantienen  esta amena conversación, o mejor dicho monólogo: ¡ Eres tonto ¡ - mira que te lo digo mil veces - ¡protege la mecánica! ¡protege la mecánica! ¡en cuanto me descuido bajas la tija y pierdes el conocimiento! ¡pero que tonto puedes llegar a ser! ¡bajas que pareces una vieja restregando la pocha por el suelo! ¡ so tonto! ¿Adivináis qué dos personajes pueden ser?. Es bastante fácil, yo no digo nada.
Al final de la rápida y traicionera pista, nos espera otro integrante del grupo  silbando y haciéndose el distraído,  pero con  una  rodilla sangrante que lo delata. Todos juraríamos ante un juez que se ha caído, aunque realmente ninguno lo hemos visto. ¿Adivináis quien puede ser? ; es bastante fácil… yo tampoco  digo nada.
Cogemos ahora la Cuesta de la Sal, que gracias a Dios hoy  nos  toca bajarla. Aparecen sus tramos altos completamente descarnados por la acción del agua, que junto a la dificultad en las frenadas y su fuerte inclinación, nos transmite sensaciones tan desconcertantes y disparatadas que nos hace penar que incluso un OR no es capaz de subirla. Esto hace que un  integrante del grupo, que por cierto, aún tiene suspendida la geografía de la EGB, no llegue a reconocerla. ¿Adivináis quién puede ser? , empieza por L … y yo sigo sin decir nada. He de confesar  que yo tampoco me di cuenta que bajaba por La Cuesta de la Sal y seguramente de haber estado nuestro amigo Javi Bartolo, hubiese también jurado sobre los Evangelios que él no había bajado nunca por aquí.
Cruzamos el Leza por el siempre bonito e imponente puente de Laidiez, giramos a la derecha y entramos en Ribafrecha siguiendo la acequia que va por la orilla izquierda del río,  ciclando por encima de uno de los laterales del hormigonado y rugoso  cauce, poniendo a prueba nuestros nervios y nuestro equilibrio. Pensando en que la enfermería ya la tenemos llena y que necesito alguno de mis dedos para  hacer la crónica, decido no arriesgar en un último paso  húmedo y traicionero. El camino hasta Logroño lo hacemos, como de costumbre, a buen ritmo, para no dejar que se enfríen unos huevos fritos que ya nos deben estar esperando impacientes. 
Termina aquí una bonita y dura travesía por las también duras tierras de nuestro querido Camero Viejo. Una ruta que según me han contado los viejos del grupo no se hacía desde el año 2013 y que yo entonces me la perdí. Tocará hacerla otra vez en el 2016, y espero que para entonces sigamos teniendo ánimo y piernas para llegar a Bucesta y  mantengo la esperanza de que esta aldea no pierda nunca la batalla contra las zarzas, las hiedras y el olvido… y poder oír otra vez la voces de los chiquillos bajando por sus calles , y sentir como eternos adolescentes las miradas de sus mozas.

Posdata:  Esta crónica la dedico a nuestros  pupas más ilustres del momento: Roberto Matute, Javi Bartolomé, Félix de Marcos, Ildefonso González, Ricardo Perrella y José María Elías,” la boa empachada”. ¡Dejaros de tontadas y empezar ya a trabajar!, entre lisiados y jubilados vamos a quedar cuatro idiotas pagando la seguridad social.
 También se la dedico a nuestros guías José Eugenio Montalvo, Victor Troya y Santiago Sainz, para que sigan pensando que sin ellos la cuadrilla se perdería  por el monte y que todos sus miembros pereceríamos  irremediablemente de sed y de hambre, incapaces de encontrar una fuente o de distinguir un gamo de una lechuga, y  para que no se desanimen en la organización de estas maravillosas rutas,  pese a tener unos alumnos tan torpes y sin compromiso alguno.  
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4 comentarios:

vitinbtt dijo...

Gran crónica Fer, muy bien redactado todo, pero excelente lo del pueblo abandonado.
Hubo muchos que ese domingo rompieron la disciplina de grupo, que si disculpitas, que si rutitas etc etc. luego cuando están solitos no saben donde ir ;-)))

Pepón dijo...

Dios tio que grande eres.Por la gente como tu si que merece la pena que sigamos haciendo lo que hacemos.Muchas gracias Fernando Alcala de los alcalino terreos de toda la vida. ENORME

Luis Martínez dijo...

Caramba Fer, cada vez me recuerdas más a Delibes. Qué amenas tus crónicas!
Anduve perdido toda la mañana, pero la única cuesta que reconocí fue la de la sal, no como tú.

Luis.

TOÑO Pleitos dijo...

Espléndida crónica Fernando!!! Darte las gracias porque por joyas como esta engrandeces el Blog y, por un pálido reflejo de tu excelsa brillantez, nos iluminas un poco al resto del grupo de descerebrados que te acompañamos en las salidas domingueras.

Inco mi rodilla en el suelo, riego con mi sangre oscura la fértil tierra riojana y, humildemente, me pongo a tus pies.

Fdo. Un Admirador sin juicio.