02 abril, 2014

Bajada del Colorao (13 Guerreros)



HAZAÑAS VÉLICAS*
* De veló (bicicleta en francés)
El día en el que el Mago Faltafrán nos libró a todos de una muerte segura.
By Tonho Pleitos

30 de marzo de 2014
Distancia: 57km
Desnivel acumulado: 1106mt
IBPindex: 95
Crónica por (soldado en prácticas)Toño “Pleytos”
Nunca creí que llegaría a decir esto, pero lo tengo que hacer, José María Aznar tenía razón; España se rompió.
La secesión de Cataluña y Euskadi sumió al “resto del Estado” en una profunda crisis que fue aprovechada por aquellos dos, en alianza con Andorra y Gibraltar (Las Fuerzas del Mal), para invadir una España entonces dividida en pequeños reinos de taifas.
Aquí, en La Rioja resistimos a duras penas, después de que nuestro monarca abandonara el trono y su palacio de Villamediana (que el pueblo riojano llamaba cariñosamente; “La Casa de Aperos”).
Al rey huido se le coronó como Pedro I “El Tímido” porque no le gustaba ni que se le grabaran imágenes ni que se le retratara de forma que, en la actualidad (año 2025) rara es la estampa suya que se conserva.
La situación es desesperada: la tenaza formada por; el 2º Ejercito de Gudaris por el Norte, el 33º Regimiento Boquerón de Gibraltar por el Sur y la 4ª División Aerotransportada “Jordi Puyol” de Cataluña por el Este; ahogaba la capital Logroño, que constituía el último bastión de la resistencia riojana, junto con el puesto avanzado de Clavijo.
Tras la desaparición en combate del ejército regular en la sangrienta batalla de los “Corrales de Zorralamuela” solo quedaba un aguerrido grupo de resistentes conocidos como los Ordanzas.
La mañana anterior a los hechos que os voy a relatar tuvo lugar una reunión del Estado Mayor de la resistencia situado, paradójicamente, en la Avenida de la Paz, de Logroño.
En el bunker, con el nombre en clave de “winnie-55”, se encontraban presentes: el General Troya, el Comandante Montalvo (cuyo nombre no se podía siquiera pronunciar de lo bonito que era), quien acudió a la cita con el “Ayudante de Campo” del pelotón; el Cabo Perrella y, por último, el Coronel Abizanda, al mando del puesto avanzado de Clavijo, enclave protegido por su legendaria línea de defensa; “clavijo-8.0”.
De estos cuatro hombres pendía el destino de toda una ciudad, los ejércitos enemigos, las fuerzas del mal, estaban preparando la ofensiva final y la única probabilidad de evitarlo residía, curiosamente, en la fuerza espiritual de una persona no especialmente aguerrida; el MagoFaltafrán, quién había desarrollado, en forma no conocida hasta la fecha, sus facultades psíquicas alcanzando un estado de hiperconsciencia que le ponía en contacto con fuerzas espirituales no terrenales.
Faltafrán recientemente había tenido una visión en la que se le indicaba que la clave de la victoria residía en descifrar el oráculo escondido en el corazón de La Rioja, el pico Moncalvillo y, más concretamente en su lengua de fuego; El Barranco del Colorao.
Por eso era imperioso trasladar a Faltafrán hasta allí y para ello el Estado Mayor contaba con un arma secreta diseñada por el “Tate Comando” y que consistía en una intrincada red de pasos y comunicaciones denominados “sendas”, las cuales se mantenían en perfecto estado de uso gracias al “Batallón de la Melaza”.
Entre Marianito y Marianito, los componentes del Estado Mayor, discutían apasionadamente sobre la táctica a utilizar. Todos estaban de acuerdo en que la operación debía realizarse mediante una incursión llevada a cabo por un grupo de élite, en el más absoluto secreto y con la toda la rapidez que fuera posible.
No obstante, quedaba por determinar tres cuestiones;
1ª) La ruta a seguir. En este punto se produjo un auténtico choque de trenes en la reunión del Estado Mayor; El General Troya había diseñado una ruta de entrada y salida que, en los planos y ortofotos, parecía factible.
Sin embargo, el comandante Montalvo le echó en cara que, desde su poltrona y sentado en una silla, era muy fácil diseñar rutas pero que, para evitar imprevistos que pudieran dar al traste con la operación, la ruta debía ser objeto de comprobación previa (el asistente Perrella asentía como un perrillo en la luna trasera de un coche de los 70, mientras afirmaba; “Lo que diga el Comandante, el Sr. Comandante siempre mira por nuestro bien, qué guapo es el Sr. Comandante…”).
Por su parte, el coronel Abizanda, cuya facultades psíquicas estaban al borde del colapso por su larga permanencia en primera línea y su avanzada edad, insistía en que había que pasar varias veces por Clavijo y en uno de los bucles (u ochos, como también los denominaban) despistar a la fuerza enemiga saliendo por la tangente (esta táctica, se la enseño el Teniente del SERvicio de Comunicaciones; Frenando, alias “El cojo-mudo”).
Después de 17 marianitos y un plato de aceitunas (este cortesía del abastecedor del Estado Mayor; Albert Ito) se decidió finalmente seguir el trazado propuesto con tanta vehemencia por el Comandante Montalvo.
2ª) La hora; se decidió por unanimidad y sin discusión que la partida había de comenzar con los primeros albores del día, cuando el entendimiento del enemigo (y de algún amigo) se hallaba todavía confundido y sus sentidos abotargados.
3º) El mando operativo; solo había un hombre que reuniese las características adecuadas para comandar la expedición; dotes de mando, capacidad para exprimir las cualidades de los hombres a su cargo y coraje suficiente como para no retrasar la marcha abandonando a los que supusieran un estorbo, sin echar la vista atrás.
Ese hombre, tan implacable como el azul de sus ojos, era el sargento Santiago (del que se decía que tenía una relación familiar con el comandante Montalvo. Entre ellos se trataban de “hermanos”) y el lema de su escudo familiar era “ad profectum vestrum, ad profectum vestrum, non pareis*” (Tira, tira. No paréis!!! *nota del traductor).
A las ocho en punto de la mañana (y eso que habían cambiado la hora), el General Troya realizó una memorable arenga a las tropas, que todos los que allí estuvimos no podemos recordar sin que se nos pongan los pelos como escarpias, encomendándonos el cuidado del Mago Faltafrán y haciéndonos responsables del destino de la región.
Los  reclutas recién salidos del cuartel y sin apenas experiencia en combates btteteros mirábamos sin ver, oíamos sin escuchar y algo en nuestras tripas nos decía que algo terrible iba a ocurrir.
Los veteranos, en cambio, con rostro esculpido en piedra, sentidos en alerta y músculos activados, supervisaban sus armas de combate: comprobaban presiones, limpieza de transmisiones y el rebote de sus horquillas y amortiguadores. También echaban un último vistazo a sus provisiones y a la herramienta que les podía librar de una muerte segura en caso de quedar varados por una avería.
En este punto, hay que hacer mención del estado, siempre impecable, de la montura del soldado de primera Bartolo, de quién se decía que, cuando se compró la Canyon, quitó la televisión de su salón y en su lugar y subida a un pedestal puso la bici y allí pasaba las horas muertas contemplándola y sacándole brillo, sin percatarse de que era mate.
Presidido por un sol que empezaba a despertar, el silencio atronador y la tensión acumulada se rasgaron por un grito del Sargento Santiago; “Venga chicos, vamos!!! que nos quedamos fríos, y ya son y cinco.”
Clac, clac, clac… sonido de calas, seguidos de murmullo de neumáticos limpios y de bujes engrasados, la expedición estaba en marcha; la suerte, echada.
Enfilábamos ya la ruta habitual hacía Navarrete cuando el Comandante Montalvo desvió la tropa, nada más pasado el puente de La Grajera, por la senda de Los Pinos para dirigirnos al túnel de Mario.
Prudente maniobra que buscaba evitar una emboscada enemiga de la que nos había informado previamente nuestro oficial de reconocimiento, el Teniente Vera, un andaluz simpaticote, quien tan pronto estaba por delante nuestro como detrás y cuando menos te lo esperabas te salía por un flanco.
Dejado atrás Navarrete nos dirigimos hacía Daroca donde el comandante Montalvo introduce un nuevo cambio de dirección, hacía Hornos, pues se rumoreaba que por el camino convencional se aparecían los espíritus de unos malvados runners que te alcanzaban por detrás, por deprisa que pedalearas, y te llevaban derechito al reino de los muertos.
Así, después de cruzar por una viña llegamos a una cuesta con buen firme e inclinación exigente que nos deja en el camino principal de la Dehesa de Hornos y allí la tropa, según cumbrea, procede a desplegarse en posición de combate para proteger el paso del Mago Faltafrán quien subía dificultosamente abrumado por el peso de sus responsabilidades acompañado por el recluta Sobrino (destinado para esta expedición desde el batallón postal. Especialista en correos masivos) y el teniente Vera.
Agrupados, reanudamos el camino y al llegar al pueblo de Hornos, suceden dos hechos relevantes; Un francotirador enemigo alcanza en la montura a nuestro más destacado recluta, Diego Monasterio, experto informático y de gatillo fácil (dispara fotos a todo el que se menea). Avisado el sargento Santiago, este decide que dada la envergadura (hay mujeres –y algún que otro hombre- que se excitan leyendo esta palabra) del proyectil solo cabía su extracción y si aguantaba el neumático, bien, y si no tendríamos que prescindir de un elemento de la expedición. Afortunadamente pudo continuar.
En estas estábamos, cuando se hizo el silencio, el viento se detuvo y un escalofrío recorrió nuestro cuerpo, apareciendo entre la niebla el espectro de Don Juan de la Rodilla Floja, que pasó a nuestro lado con su flamante montura y tras desearnos un buen viaje, siguió camino como alma en pena.
La expedición abandonó la vía principal, para desviarse a la derecha a la altura de la Ermita del Cristo y dirigirse a la Dehesa de Sotés. El cabo Multacar fue alcanzado durante la ascensión por una esquirla de granada en su rodilla izquierda pero pudimos recolocársela y continuar la marcha después de que el teniente Vera comprobara que estaba bien alineada (la rodilla, no la esquirla).
Seguimos avanzando por la Dehesa a buen ritmo protegidos por los pinos que impiden la labor de seguimiento de los drones enemigos. No obstante, el Comandante Montalvo tenía la mosca detrás de la oreja (un lugar tan bueno como cualquier otro, incluso más espacioso, para esconderse) y decidió dejar el camino principal para irnos a la izquierda por una senda que nos iba a llevar hasta la fuente de la carretera de Moncalvillo, pero algo debió fallar y nuestra presencia fue detectada por las fuerzas de mal, de forma que el suelo, hasta ese momento seco, se convirtió en una pasta, tipo nocilla, pero más húmeda y espolvoreada de hojas muertas.
Todos tuvimos que descabalgar y subir empujando nuestras monturas, hasta el propio sargento Santiago. En ese momento, la moral de la expedición estaba por los suelos, pero el Mago Faltafrán, percatándose de nuestro estado ánimo se dirigió a nosotros en estos términos; ”De qué teméis, hijos míos, si yo con el peso que porto sobre mis hombros, subo a vuestra misma velocidad.” Estas palabras obraron el milagro y conseguimos llegar hasta la fuente sin mayor novedad.
Allí el Mago Arturmás, de las fuerzas del mal, había envenenado las aguas, otrora cristalinas, de la fuente y ordenado a unas ninfas que, con cantos y susurros que parecían celestiales nos embrujaran (“seguid, seguid y, más arriba, saborearéis”, nos decían) impidiéndonos comer y prometiéndonos recompensas si posponíamos el refrigerio y continuábamos ascendiendo.
Así lo hicimos, sin ser conscientes de que el Mago Faltafrán, de este modo iba perdiendo el poco brío que le quedaba.
El encanto de las ninfas había conseguido su objetivo y en una pradera idílica, alfombrada con mullida hierba y unas vistas maravillosas, los miembros de la expedición empezamos a olvidar nuestra misión, a comer, a beber, a reir … y cuando parecía que todo iba a terminar en una bacanal (más o menos a la ½ hora) hizo su aparición el Mago Faltafrán, investido de una dignidad sobrenatural y con la firme determinación de enfrentarse con el Oráculo del Colorao y con su destino.
Pasó ante nosotros y sin siquiera mirarnos, indiferente ante nuestra flaqueza, se retiró unos metros más adelante y entró en un prolongado éxtasis y, visiblemente cansado, nos comunicó que el Oráculo se había manifestado y nos exigía que, para que el conjuro contra las fuerzas del mal tuviera éxito, estuviéramos en el Templo de Gerardo antes de las 12,30 horas e hiciéramos el sacrificio de los huevos y los licores.
Estas palabras nos hicieron despertar, sobre todo al Sargento Instructor Del Campo (un hombre sin cultivar, un poco infantil –como de primaria- pero con un gran apetito), que exclamó; “eso, eso; huevos y licores!!!”.
La tarea parecía factible y comenzamos el descenso, pero no contábamos con las malas artes del Mago Arturmás; así, del camino comenzaron a brotar piedras, pedrolos y pedruscos con ralentizaron nuestra marcha.
Tan pronto como estas desaparecieron el suelo, que había recobrado su firmeza y llanura, se convirtió en un mar encrespado cuyas olas estaban formadas por barro endurecido.
No solo tuvieron lugar estos prodigios naturales, algunos de los componentes de la expedición también padecieron los conjuros del maligno; nuestro hombre de las fuerzas especiales el francotiradorAlcalá, que podía pasar desapercibido hasta el punto de parecer que nunca había existido y cuando menos te lo esperabas lanzar su ataque mortífero, hombre dotado también de exquisita técnica, nos deleitó con dos caídas y sus correspondientes croquetas (que no las supera ni Marisa, la del Echaurren).
El soldado, en prácticas, Pleitos, del cuerpo jurídico, sufrió una paranoia similar a la de Golum, en el Señor de los Anillos, solo que en vez de “su tesoro” estaba obsesionado por “su posición”, de forma que incluso se revolvió contra el Sargento Santiago cuando éste le metió rueda en una curva; “mi posición!!, no me quites la posición!!. Yo por la posición, M A T O!!!”. Menos mal que al soldado Pleitos nadie le tomaba en consideración porque, si no, el Sargento Santiago, le hubiera formado un Consejo de Guerra.
A Pleitos le pusieron bajo la custodia preventiva del Jefe de la Policía Militar, el teniente Milka (un hombre de anchas espaldas, precisión suiza y generoso como un soriano).
Finalmente, después de pasar por Daroca y Entrena, de sortear ramas de zarzas que crecían a nuestro paso y querían atraparnos, así como fosos llenos de agua que se abrían a nuestro paso, conseguimos conducir a tiempo al Mago Faltafrán al Templo de Gerardo y que oficiara el sacrificio de los Huevos y Licores (a los que se añadió jamón, picadillo y queso, por si acaso).
La batalla estaba ganada, pero la guerra continua… seguiremos informando.

PD.: Los hechos relatados son producto de mi imaginación, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Ninguno de los personajes que aparecen son personas reales. 
 FOTOS AQUÍ:
 Y AQUÍ:

12 comentarios:

vitinbtt dijo...


Esto si que es una gran crónica, no se si publicar un libro con las méjores crónicas ya que merecen mucho la pena.
Toño haces dos cosas muy, muy bien, una es las crónicas y la otra ya sabes tu cual.

Carraspana dijo...

Excelente, original y divertidísima crónica, Toño. El día que bajes con la bici la mitad de bien que escribes no habrá quien te siga.

Anónimo dijo...

excelente relat, sensacional narración de épica batalla, muy bueno, enhorabuena.
La proxima vez que necesite un pleitador ,serás Tú.salu2.

Anónimo dijo...

Anonadado estoy.Felicidades!!!!!
Salud,
Barrancas

Jeromari Vera dijo...

¿Pero que novela has escrito? Es digna de cualquier lector de Perez Reverte. Harto ya de novelas históricas, esta tuya impresiona y anima a las milicias de la resistencia riojana.
No quisiera despedirme sin lanzar unos vítores; ¡viva la resistencia OR,VIVA LOS HUEVOS CON JAMON, PICADILLO, QUESO Y VIVA EL VINO CLARETE!

Pepón dijo...

Entre el "Cholo Simeone", el gran "Petón" y sus grandes fábulas, y Toño "pleitos", (todos ellos atléticos de postín) cada día que pasa nos dejáis más sorprendidos con vuestras narraciones. Enorme crónica. La primera vez que leo una crónica y estoy intrigado por saber cual va a ser el desenlace, aunque ese ejercito como me suponía, casi siempre acaba en el mismo campo de batalla. GENIAL.

TOÑO Pleitos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
TOÑO Pleitos dijo...

Muchas gracias a todos por los comentarios y por darme tan abundante material para los relatos.
Pero aún estando dichoso y feliz como una perdiz, echo de menos algo, como cuando te sacan una paella sin color;

FALTAFRAN!!!

Anónimo dijo...

Dice el General que "haces dos cosas muy, muy bien, una es las crónicas y la otra ya sabes tu cual".
¿Ya "caes" a qué se refiere?
CHAPEAU!!, apreciado Toño, a pesar de que yo soy más de relatos eróticos que bélicos.
Un abrazo,
Juan

EDUARDO ELIAS dijo...

enhorabuena !!!!! Toño he necesitado 2 intentos, y seis cafés para leerme la crónica entera. Ahora el listón lo has puesto muyyyy alto para igualar semejante relato.

Carlos Martinez Pascual dijo...

buenas buena crónica toño mejor que las mias ya veo que a calado hondo lo de mis mensajes masivos sin comentarios que es como mejor

Anónimo dijo...

Yo necesito 15 días para intentar leerla, te prometo que este fin de semana lo intento...

El Pe